Una excursión a los indios Ranqueles

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Camargo se arrastró como un reptil, saliendo de donde estaba, y acostándose a los pies de mi cama, me pidió mil disculpas por haber venido alegre; me contó el robo que le habían hecho otra vez; me dijo que los indios eran unos pícaros, que él los conocía bien; que por eso no les andaba con chicas: que Caiomuta era quien le había hecho robar los estribos de placa; que para saberlo había tenido que asustarlo a un indio; que le había ofrecido matarlo si no le confesaba la verdad, y que, de miedo, no sólo le había contado todo, sino que le había dado un chifle de aguardiente que tenia muy guardado hacia tiempo; que al día siguiente habían de parecer los estribos, que si no parecían se había de volver en pelos s lo de Mariano y lo había de avergonzar a Caiomuta, que a una visita no se le roban las prendas.

Yo no podía pegar los ojos. Oía rugir a Caiomuta y estaba alerta.

San Martín se allegó a mi cama y me miró de cerca.

—¿Qué? —le dije.

—Nada, señor, duerma no más, no hay cuidado —me contestó.

Me dio las buenas noches y se marchó, entrando en el toldo de Baigorrita.


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