Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta. Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.
La luna habÃa terminado su evolución, las estrellas brillaban apenas al través de cenicientos nubarrones, reinaba una oscuridad caótica.
Abrà los ojos, no vi nada.
Me apretaban fuertemente, quitándome la respiración; una sustancia glutinosa, fétida, corrÃa como copioso sudor por mi cara; una mole me oprimÃa el pecho, palpitaba y confundÃa sus latidos con los mÃos; otro peso gravitaba sobre mi vientre, y algo, como brazos, aleteaba.
El sobresalto, el cansancio, el sueño reparador interrumpido, las tinieblas me ofuscaban.
OÃa como un gruñido y sentÃa como si diese vuelta por encima de mi estirada humanidad, un inmenso palote de amasar. No podÃa sacar los brazos de abajo de las cobijas, porque las sujetaban de ambos lados; hice un esfuerzo y conseguà sacar uno.