Una excursión a los indios Ranqueles

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Tanteando con cierto inexplicable temor, a la manera que entre las sombras de la noche penetramos en un cuarto cuyos muebles no sabemos en qué disposición están colocados, toqué una cosa como la cara de un hombre de barba fuerte, que se ha afeitado hace tres días. Me hizo el efecto de una vejiga de piel de lija.

Conseguí sacar el otro brazo, y siguiendo la exploración, lo llevé a la altura del primero; toqué una cosa como la crin de un animal. Luego, tanteando con las dos manos a la vez, hallé otra cosa redonda, que no me quedó la menor duda era una cabeza humana. Un líquido aguardentoso, cayendo sobre mi cara como el último chorro de una pipa al salir por ancho bitoque, me ahogó.

Llamé a Camargo angustiosamente. No me oyó.

Creí morirme. No sabía lo que embargaba mis sentidos. Pegué un empujón con entrambas manos a lo que me parecía una cabeza; formé con mis rodillas un triángulo y dándole un fuerte empellón al peso que las oprimía eché a rodar un bulto pesado, que gritó, peñi (hermano).

Me puse de pie, como don Quijote en la escena con Maritornes, y vi un cuerpo revolcándose a mi lado. Volví a llamar a Camargo, con todos mis pulmones, se levantó rápido, se acercó a mi cama y oyendo que le decía: ¿qué es eso? señalándole el bulto, se agachó, miró, echóse a reír y exclamó:

—Es el indio borracho.


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