Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Comprendí lo que había pasado; su interlocutor que un rato antes, al cruzar por mi enramada había tropezado, se había caído y con la tranca no había podido levantarse; había posado su cara sobre la mía y me había bañado con sus babas y sus erupciones alcohólicas.
Tuve que llamar a Carmen, que lavarme y mudar de ropa.
El crepúsculo empezaba. Mandé hacer fuego, calentar agua, y fui a sentarme en el fogón.
El cuarterón y el perro estaban allí, dormían.
La madrugada me sorprendió tomando mate. Mi compadre se levantó cuando las últimas estrellas desaparecían. Llamó a San Martín, le dio sus órdenes, y un momento después Caiomuta salía de su toldo en brazos de cuatro indios, como un cuerpo muerto.
Le enhorquetaron sobre un caballo, le dieron a éste un rebencazo y el animal tomó el camino de la querencia, llevándose a su dueño y señor.
Mi compadre vino en seguida al fogón, y saludándome, se sentó a mi lado. Preguntóme si había dormido bien. Le contesté que sí; le di un mate y un cigarro, tomó ambas cosas, no habló más y se marchó.
Varias veces, mientras permaneció a mi lado, clavó sus ojos en el cuarterón con indiferencia.
Despertóse éste, me dio los buenos días y se levantó.