Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Siéntate no más —le dije, pasándole un mate. Obedeció y lo tomó.
Nuevos parroquianos llegaron en ese momento.
Al tomar asiento, mi ayudante RodrÃguez, viendo al cuarterón allÃ, le dijo:
—¿Con que sabÃas escribir?
El hombre no contestó.
El alférez Ozaroski, dijo:
—Si no sabe, ha querido hacer creer que sabÃa; lo que estuvo escribiendo eran unas rayas —y contó que la tarde antes le habÃa visto con un lápiz y aire misterioso detrás de la cocina hacer como que tomaba nota de lo que se conversaba. Pero que todo habÃa sido una pantomima.
El espÃa de Calfucurá era un tipo.
Oyendo que se ocupaban de él, se marchó; el perro le siguió.
HabÃa encontrado un hombre que parecÃa indio, que hablaba una lengua que conocÃa y se habla adherido a él por la gratitud.
Los perros son más leales que los hombres; los hombres son más generosos que los perros. El mundo está bien asÃ, mientras no se presente otro planeta mejor a donde emigrar. Pero la raza humana tiene, sin embargo, mucho que aprender de la canina y viceversa.