Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me acordé de que ese dÃa era el prefijado para la gran junta. Llamé a San MartÃn y le hice preguntar a mi compadre a qué hora marcharÃamos. Me contestó que cuando ladeara el sol.
Di mis órdenes, se pasó la mañana en preparativos para la marcha, y cuando todo estuvo dispuesto me fui al toldo de Baigorrita, entrando en él como en mi casa.
Yo observaba movimiento en su gente y tenia curiosidad de saber en qué consistÃa.
La hora se acercaba.
Mi compadre me vio entrar sin salir de su apatÃa habitual. HabÃa vuelto a la faena de picar tabaco con la navaja de Rodgers.
En la cara me conoció que alguna curiosidad me llevaba.
Llamó a San MartÃn.
Vino éste, y le hice preguntar que si todavÃa no era hora de ensillar.
Me contestó que tenÃamos bastante tiempo aún; que de allà a Añancué, lÃnea divisoria de sus tierras, no habÃa más que dos galopes, que ya habÃa mandado traer sus caballos y buscar una res, para que ni gente carneara antes de partir; pero que la res tardarÃa un rato largo en llegar, porque estaba lejos.
—¿Y qué, mi compadre no tiene vacas gordas aquÃ? —le pregunté a San MartÃn.