Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La noche y los perros son mis dos grandes pesadillas. Yo amo la luz y a los hombres, aunque he hecho más locuras por las mujeres. No puedo decir lo que me aterra cuando estoy solo en un cuarto oscuro, cuando voy por la calle en tenebrosas horas, cuando cruzo el monte umbrÃo; como no puedo decir lo que sentÃa cuando trepaba las laderas resbaladizas de la gran Cordillera de los Andes, sobre el seguro lomo de cautelosa mula.
Pero siento algo de pavoroso, que no está en los sentidos, que está en la imaginación; en esa región poética, mÃstica, fantástica, ardiente, frÃa, lÃmpida, nebulosa, transparente, opaca, luminosa, sombrÃa, risueña, triste, que es todo y no es nada, que es como los rayos del sol y su penumbra, que crÃa y destruye, que forja sus propias cadenas y las rompe, que se engendra a sà misma y se devora, que hoy entona tiernas endechas al dolor, que mañana pulsa el plectro aurÃfero y canta la alegrÃa, que hoy ama la libertad y mañana se inclina sumisa ante la oprobiosa tiranÃa.
¡Ah!, ¡si pudiéramos darnos cuenta de todo lo que sentimos!
¡Si nuestra impotente naturaleza pudiera tocar los lindes vedados que separan lo finito de lo infinito! ¡Si pudiéramos penetrar en los abismos del mundo psicológico, como alcanzamos con el telescopio a las más remotas estrellas!