Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Entramos en el monte. Anocheció y seguimos a galope. El polvo y la obscuridad envolvÃan en tinieblas profundas los árboles que, como fantasmas se alzaban de improviso al acercarnos a ellos; no nos veÃamos a corta distancia; nos llevábamos por delante unos a los otros; mi caballo era superior yo iba a la cabeza, perdà la senda y me extravié.
Sujeté, hice alto, puse atento el oÃdo en dirección al rumbo que me pareció traerÃan los que me precedÃan; nada oÃ.
—¿Qué peligro corrÃa?
Ninguno, en realidad.
Un tigre no podÃa hacerme nada. El caballo me habrÃa librado de él. Nuestros tigres, el jaguar argentino, no atacan como el tigre de Bengala, sino cuando los buscan. Por otra parte, el monte habÃa sufrido los estragos de la quemazón y el tigre vive entre los pajonales.
¿Qué me imponÃa entonces?
Las tinieblas de la noche.
Las sombras tienen para mà un no sé qué de solemne. En la obscuridad, cuando estoy solo, me siento anonadado. Me domino; pero tiemblo.