Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Galopábamos a toda brida.
Éramos como doscientos y ocupábamos media legua, por el desorden en que los indios marchan.
El sol se ponÃa con un esplendor imponente; sus rayos como dardos de fuego despejaban los celajes que intentaban ocultarlo a nuestras miradas y refractándose sobre las nubes del opuesto hemisferio teñÃan el cielo con colores vivaces.
Las aves acuáticas, en numerosas bandadas, hendÃan los aires con raudo vuelo graznando se retiraban a las lagunas, donde anidaban sus huevos.
Es increÃble la cantidad de cisnes, blancos como la nieve, de cuello flexible y aterciopelado; de gansos manchados, de rico pico; de patos reales, de plumas azules como el lapislázuli; de negras bandurrias de corvo pico, de pardos chorlos, de frágiles patitas; de austeras becacinas, de grises alas, que alegran la Pampa. En cualquier laguna hay millares.
¡Cómo gozarÃa allà un cazador!
Imaginaos que en la «Ramada» los soldados recogieron un dÃa ocho mil huevos, después de haber recogido toda la semana grandes cantidades.
¡Cuánto echaba de menos mi escopeta!