Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.

Mariano Rosas y su gente estaban acampados en una colina escarpada; trepábamos dificultosamente a la cima, los caballos se hundían hasta los ijares en la esponjosa arena; cada paso les costaba un triunfo, caían y se enderezaban; temblaban, se esforzaban ardorosos y volvían a caer; la espuela y el rebenque los empujaban, por decirlo así; endurecían los miembros, recogían las patas delanteras, y sacándolas al mismo tiempo, se arrastraban y desencajaban poco a poco las traseras; sudaban; jadeaban, se paraban, resollaban y subían; a veces teníamos que apearnos, que tirarlos de la rienda y animarlos, accionando con los brazos, gritando:

—¡Aaaah!

¡Qué potente y valiente animal es el caballo!

Llegamos a la cumbre de la colina.

Bajo dos coposos algarrobos, había sentado sus reales el Cacique general de las tribus ranquelinas.

Parlamentaba solemnemente con los capitanejos e indios circunvecinos y lejanos que sucesivamente llegaban al lugar de la cita.


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