Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Volvimos a entrar en la espesura; caímos a unos barrancos con lagunas salitrosas, que parecen espejos de bruñida plata; subimos a la falda de los médanos, y al llegar a la cumbre de uno de ellos, la errante reina de los cielos asomó su blanca faz, y clavándola en la inmóvil superficie de las lagunas, hizo brotar de su seno diamantinas luces.

Oyéronse toques de clarín. Jamás el bélico instrumento resonó en mis oídos con más solemnidad. Me hizo el efecto de la trompeta del arcángel el día del juicio final. Sus vibraciones se alcanzaban tremulantes unas a otras, recorriendo las ondulaciones del vacío.

Las cornetas de Baigorrita contestaron.

Estábamos en la raya.

Hicimos alto. Llegó un parlamento, habló y habló; le contestaron razón por razón; lo despacharon; volvió otro y otro, se hizo lo mismo y a las cansadas llegó un hijo de Mariano Rosas, invitándonos a avanzar.

Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los indios, después de sus grandes juntas, juegan a la chueca.


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