Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Llegué al montecito donde me esperaba mi gente; el fogón ardÃa resplandeciente lo mismo que una hoguera de la inquisición; daba ganas de saltarlo, como los muchachos saltan las fogatas de viruta y alquitrán en el dÃa de San Juan. Hay tentaciones irresistibles. Piqué mi valiente caballo, pasé por encima del fuego e hice un desparramo. Y como ni el asado, ni el puchero, ni la caldera, cayeron, todos aplaudieron de corazón.
Contento de mi triunfo eché pie a tierra, con más agilidad que otras veces, ocupé mi puesto en la rueda y empecé a pegarle al mate.
Mi compadre no venÃa, cenamos; ordené que le guardaran algo, y antes de recogerme mandé ver dónde y cómo estaban los caballos.
Más de veinte formábamos el cÃrculo del fogón. Hablábamos quién sabe de qué: de repente oyóse un tropel de caballos. Es Baigorrita, dijeron unos. Los jinetes sujetaron casi encima de nosotros, y una voz firme, varonil, desconocida para mÃ, dijo:
—¡Buenas noches!
—Es Chañilao —dijeron unos.
—Buenas noches —dijeron otros.
—Eche pie a tierra, si gusta —dije yo, fingiendo que no habÃa reparado en el recién llegado. Pero a la vislumbre del fogón habÃa visto perfectamente bien su cara.