Una excursión a los indios Ranqueles

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Chañilao se apeó, y hablando en lengua araucana y haciendo sonar unas enormes espuelas, se acercó a mí y con aire indiferente se sentó a mi lado.

No me moví.

Nadie, excepto los indios, lo conocía.

Era un hombre alto, delgado, de facciones prominentes y acentuadas, de tez blanca, poco quemada; de largos cabellos castaños, tirando al rubio; de ojos azules, penetrantes; de ancha frente, cortada a pico; de nariz recta como la de un antiguo heleno; de boca pequeña, cuyos labios apenas resaltaban; de barba aguda, retorcida para arriba, en la que se veía un hoyo; lampiño; de modales fáciles; vestido como un gaucho rico; llevaba un sombrero de paja de Guayaquil, fino; espuelas de plata, y un largo facón de lo mismo atravesado en la cintura; rebenque con virolas de oro, y su gran cigarro de hoja en la boca.

Sin cuidarse de mí, habló con varios indios ostentando un aire y un tono marcadísimos de superioridad.

Me parecía estudiado.

Les hice una seña a mis ayudantes con el dedo, para que no dijeran quién era yo.

Le hice pasar un mate y al recibirlo preguntó:

—¿Dónde está el amigo Camilo Arias? Mi compadre Baigorrita se hacia sentir en ese momento.


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