Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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¡Ah!, ¡si el país no estuviera jadeante! ¡Ah!, ¡si no estuviera arraigado en todos los corazones el convencimiento de que hay que preparar la tierra antes de arrojar en sus entrañas fecundas las semillas!

¡Ah!, ¡si el país no estuviera jadeante! ¡Ah!, ¡si no fuera que una verdad escrita con sangre es siempre una conquista fratricida!

Camilo me había hablado largamente de Manuel Alfonso. Había sido el apoderado de los pocos intereses que dejó en la frontera la última vez que huyó de ella. Tenía por él ese cariño respetuoso que el paisano le profesa siempre al gaucho cuando no le cree malo; había sido su maestro en los campos; y como aborrecía de muerte a los indios, con los que se había batido muchas veces cuerpo a cuerpo, perdiendo dos hermanos en dos invasiones, se hacía la ilusión de arrancarlo de su guarida.

Camilo Arias, es igual a Manuel Alfonso en un sentido, su reverso en otro.

Camilo sabe tanto como Alfonso; es rumbeador como él, jinete como él, valiente como él; pero no es aventurero.

Camilo es un paisano gaucho, pero no es un gaucho.

Son dos tipos diferentes. Paisano gaucho es el que tiene hogar, paradero fijo, hábitos de trabajo, respeto por la autoridad, de cuyo lado estará siempre; aun contra su sentir.


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