Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —¿Y cómo se entienden estas paces? Aquà de amigos ya, Calfucurá invadiéndolo los porteños.
—Mire, amigo —le contesté—; delante de mà no me venga hablando barbaridades. Si no le gusta la paz mándese mudar.
Se dio vuelta entonces, me miró, y pegando maquinalmente con el rebenque en el suelo unas cuantas veces, repuso:
—Yo digo lo que me han dicho.
—Pues le repito que es una barbaridad-le contesté.
Me miró con más fijeza y por toda contestación se sonrió maliciosamente como diciendo: ¡mozo malo!
Estaba provocativo. Iba mal parado si le aflojaba; asà es el gaucho taimado.
—Y este fogón es mÃo —le agregué, como diciéndole: “No quiero que en él se hablen cosas que no me gustan.
—¿Y usted quién es? —repuso, jugando siempre con el rebenque y fijando la vista en el fogón.
—Averigüe —le contesté.
En ese momento una voz conocida dijo al lado mÃo:
—Ordene, señor.
Era Camilo Arias que venÃa a mi llamado.
—Aquà tienes un amigo —le dije, señalándole a Manuel Alfonso.