Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Mi conducta era públicamente censurada; se me acusaba de haber tratado descortésmente a los indios desde el día en que llegué a Aillancó. Se me hacía el cargo de no haber avisado con anticipación de mi viaje; criticaban mi mezquindad, comparándola con la magnificencia del padre Burela, conductor de cincuenta cargas de bebida; decían que no era bueno; que les había impuesto el tratado de paz, mandándoles un ultimátum; que había llevado un instrumento para medir las tierras; que eso era porque los cristianos se preparaban para una invasión; que el tratado no tenía más objeto que entretener a los indios para ganar tiempo.
El padre Burela parecía ajeno a estas murmuraciones. Pero no las había reprobado: y no teniendo nada que hacer en la junta, se hallaba al lado de Mariano Rosas. Con él estaba la noche antes, dábase los aires de un valido y pretendía que Baigorrita le había desairado, haciéndome su compadre, queja asaz extraña en un sacerdote.
El horizonte diplomático se me presentaba cargado de nubes.
La persona que se había tomado el trabajo de venir furtivamente a contarme lo que había pasado durante mi ausencia para que estuviera prevenido, opinaba que tendríamos una junta tumultuosa.
Las voces malignas que traía Chañilao, hacían más vidriosa la situación.