Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Ningún indio maneó ni ató su caballo en las pajas. Sólo le bajó las riendas. Los mansos animales no se movían de su puesto.
Mariano Rosas invitó a todo el mundo a sentarse.
Nos sentamos, pues, sobre el pasto humedecido por el rocío de la noche, sin que nadie tendiera poncho ni carona, cruzando la pierna a la turca.
Mariano Rosas me cedió a su lenguaraz José; colocóse éste entre él y yo, y el parlamento empezó.
Yo estaba bajo la influencia desagradable de las revelaciones que me habían hecho y fastidiado con la pretensión rechazada de que saludara al padre Burela.
Apoyé los codos en las rodillas, y ocultando la cara entre las manos, me dispuse a escuchar el discurso inaugural de Mariano Rosas.
El lenguaraz me previno que todavía no empezaba a hablar conmigo.
El cacique general tomó la palabra y habló largo rato, unas veces con templanza, otras con calor, ya bajando la voz hasta el punto de no percibirse los vocablos, ya a gritos; ora accionando, con la vista fija en tierra, ora mirando al cielo. Por momentos, cuando su elocuencia rayaba sin duda, en lo sublime, sacudía la cabeza y estremecía el cuerpo como poseído de un ataque epiléptico.