Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Las palabras: Presidente, Arredondo, Mansilla, yeguas, azúcar, yerba, tabaco, plata y otras castellanas que los indios no tienen, flotaban entre la peroración a cada paso.
Los oyentes aprobaban y desaprobaban alternativamente.
Cuando aprobaban, el orador bajaba la voz; cuando desaprobaban, gritaba como un condenado.
Terminado el discurso inaugural, en medio de entusiastas manifestaciones de aprobación, llegó el turno del debate.
El cacique empezó por invocar a Dios.
Me dijo que protegía a los buenos, y castigaba a los malos; me habló de la lealtad de los indios, de las paces que en otras épocas habían tenido, que si habían fallado, no había sido por culpa de ellos; me hizo un curso sobre la libertad con que entre ellos se procedía; agregó que por eso había reunido los principales capitanejos, los indios más importantes por su fortuna o por sus años para que dijesen si les gustaba el tratado, porque él no hacía sino lo que ellos querían; que su deber era velar por su felicidad; que él no les imponía jamás: que entre los indios no sucedía como entre los cristianos, donde el que mandaba; mandaba; y terminó pidiéndome leyera los artículos del tratado referentes a la donación trimestral de yeguas, etc., etc.