Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. AgustÃn Mariño, auditor del ejército argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.
Un hombre habÃa sido asesinado en pleno dÃa, durante la luz meridiana, en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos seres humanos, con ojos y oÃdos; el cadáver estaba ahà encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún cuando yo penetré en el reducto, y nadie, nadie, absolutamente nadie, podÃa decir, apoyándose en el testimonio inequÃvoco de sus sentidos: el asesino es fulano.
Y sin embargo, todo el mundo tenÃa el presentimiento de que habÃa sido el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse a jurar que lo fuera.
¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!
Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo a dar cuenta del hecho y a pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo acontecido.
Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que el asesino era el cabo Gómez.