Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Que me alegraba mucho de haberle conocido; que sentÃa infinito que un anciano tan respetable como él, tan lleno de experiencia y de servicios, tan digno del aprecio de los indios, se hubiera incomodado en venir desde tan lejos por veme; que cuando fuera de paseo por RÃo Cuarto tendrÃa mucho guste en alojarlo en mi casa y regalarlo, y que ahora que la paz estaba hecha y que iban a recibir tantas cosas —las enumeré todas—, todos debÃamos mirarnos como hijos de un mismo Dios.
El indio reprodujo al pie de la letra todo lo que me habÃa dicho anteriormente, y acabó con la muletilla:
—He oÃdo con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me ha gustado.
Hice lo mismo que él: reproduje mi contestación.
Asà estuvimos larguÃsimo rato. Nueve veces dijo él lo mismo, nueve veces le contesté yo lo mismo también.
Cedió el viejo.
En pos de él vinieron otros personajes; con todos tuve que hablar, todos me dijeron casi la misma cosa y a todos les contesté casi la misma cosa también.
Dios se apiadó de mÃ; después de once mortales horas inolvidables, como jamás las he pasado ni espero volverlas a pasar en lo que me resta de vida, me vi libre de gente incómoda.