Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Que ya se iba, que no me extrañase que no hubiera hablado en la junta en defensa mÃa, que no lo habÃa hecho por los indios de Mariano, que si lo hubiese hecho habrÃa dicho que era más amigo mÃo que de ellos; que yo tenÃa mucha razón en mis razones, que los hombres de experiencia lo habÃan conocido, que ninguno lo habÃa conocido mejor que el mismo Mariano Rosas, pero que habÃa tenido que portarse asÃ, porque si no, sus indios habrÃan dicho que era más amigo mÃo que de ellos; que me fuera sin cuidado, que Mariano era mi amigo, que tenÃa confianza en mÃ, y que con él contara en todo tiempo para lo que gustara, que para qué nos habÃamos hecho compadres entonces.
Este lenguaje fue una revelación.
Recién comencé a ver claro y explicarme la actitud indiferente, reconcentrada, ceñuda de mi compadre durante toda la junta. A fuer de diplomático, que conoce perfectamente bien el terreno que pisa, habÃa estado haciendo su papel.
Más habÃa sido el ruido que las nueces, según se ve.
Faltaba averiguar si aquellos discÃpulos de Maquiavelo me habrÃan dejado sacrificar, dado el caso que el pueblo bárbaro, exasperado por la razón de mis sinrazones, se me hubiera ido encima.