Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Somos unos pobres diablos.

Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización.

Resta saber si seríamos más felices poniendo en la silla curul de nuestros magnates, pigmeos, y cambiando el coturno francés por la bota de potro.

Los héroes prueban tan mal y la moda es tan tiránica en sus imposiciones, que vale la pena de meditar sobre las ventajas y las consecuencias de una revolución social.

De todos modos nuestros ídolos de ayer, no resisten a la crítica, son como los ranqueles, capaces de engañar al más pintado.

Por esos trigales de Dios iban mis reflexiones, en el instante en que Calixto Oyarzábal, acercándoseme, me dijo:

—Ya está el caballo, señor.

Me levanté:

—¡A caballo! —grité y diciendo y haciendo monté y tomé al galope la gran rastrillada de Leubucó, entrando luego en el monte.

El cielo se encapotaba; caímos a un descampado pantanoso; unas lucecitas fugaces, macilentas aparecían y desaparecían; creía llegar a ellas, y se alejaban de mí como rápidas mariposas. Eran las emanaciones de la tierra; cruzábamos un cementerio de indios y estábamos a las puertas de la toldería de Mariano Rosas.


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