Una excursión a los indios Ranqueles

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Llegamos.

Me esperaban con la comida pronta y con música. Comí, soporté al negro del acordeón una vez más, y viendo que mi presunto compadre Mariano estaba muy bien templado, le pedí la libertad del doctor Macías.

Me contestó que sí.

Veremos después lo que vale el sí de un indio.

Me despedí, salí del toldo, me senté al lado del fogón de los asistentes, y aunque no tenia sueño, me quedé dormido.

Unos ladridos de perro me despertaron.

En el toldo de Mariano Rosas se oían gritos de mujer.

Me acerqué ocultándome.

El cacique había castigado una de sus mujeres, quería castigar otra y el hijo se oponía, amenazando al padre con un puñal si tocaba a la madre.

Era una escena horrible y tocante a la vez.

Habían bebido, el toldo era un caos, las mujeres y los perros se habían refugiado en un rincón, los indiecitos y las chinitas desnudas lloraban, y un fogón espirante era toda la luz.

Mariano Rosas rugía de cólera.

Pero retrocedía ante la actitud del hijo protector de la madre.


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