Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Cuando yo le vi, su traje consistía en una camisa sucia y rota, en un calzoncillo de algodón ordinario y en un chiripá de paño colorado; un resto de sombrero cubría su frente y unas botas llenas de agujeros eran todo su calzado. Sus pies estaban destrozados, sus manos encallecidas.
En una bolsa de cuero de gato tenía todo su caudal, hilo, botones, piedritas, agujas, azúcar, yerbas medicinales, tabaco, yerba, papel, y envuelto en un trapito un relicario de oro, de cuatro faces, con los retratos de sus padres y de sus dos hijos.
¡Desgraciado Macías!
¡Ah!, ¡imaginaos el efecto que me haría ver aquel hombre que había nacido bien, que había recibido educación, gozado de la vida y frecuentado la buena sociedad, reducido a aquella condición!
¡Él mismo no lo comprendió!
Me veía alegre, festivo, contento, fingiendo que todo cuanto me rodeaba me parecía óptimo, y me creía insensible al infortunio.
Su corazón, atrofiado por el dolor, creía que el mío estaba seco.
¡Desgraciado Macías!
Los indios hablaban mal de él, le creían loco.
Los cristianos lo mismo; contaban cosas horribles del pobre.
Todos sus vicios se los atribuían a él.