Una excursión a los indios Ranqueles

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En tal situación escribió al Presidente de la República.

No le contestaron.

¿Cómo le habían de contestar?

Sus cartas habían sido interceptadas y detenidas.

Llamé al capitán Rivadavia y le mandé preguntar con él a Mariano Rosas, si estaba visible.

Me contestó que fuera cuando quisiese, que estaba por almorzar.

Entré a su toldo.

Su cara revelaba la agitación de la noche; estaba más pálido que de costumbre.

Al verme entrar, me dijo, sin cambiar de postura (estaba sentado al lado del fogón):

—Buenos días, hermano, dispense que no me pare, estoy medio enfermo.

Me insinuó un asiento a su lado.

Sentándome le contesté:

—Esté cómodo, hermano, ¿cómo ha pasado la noche?

—Mal —repuso, arrugando la frente como cuando un recuerdo mortificante nos asalta.

¿Qué tiene?

—Me duele la cabeza.

—¿Quiere tomar un remedio muy bueno que yo traigo?

—Lo tomaré si usted lo conoce.


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