Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Salà y volvà al punto con un frasquito de gotas maravillosas de la corona.
Era todo mi botiquÃn.
Abrà el frasquito, pedà un jarro de agua, lo derramé dejándole sólo dos dedos y eché en él sesenta gotas.
Para que las bebiera sin aprensión, le dije:
—Vea —proseguÃ, y esto diciendo tomé un trago.
—Si no tengo recelo, hermano —me contestó, y tomándome el jarro bebió hasta la última gota que contenÃa.
—Un poco amargo no más —dijo.
—Sà —repuse.
—¿Y ha descansado bien?
—Muy bien.
—¡Qué diablo de indios, eh!
—¡Hum!, anduvo medio mal la cosa en la junta.
—¡Eh!, no todos comprenden.
—¡Es cierto!
—Y su amigo, el padre Burela, ¿por qué no le ayudó?
—No sé, estaba medio asustado, me parece.
Se sonrió, como diciendo, «uno y medio», y acariciando a uno de sus hijos que se echó sobre sus rodillas, exclamó:
—Ese toro.