Una excursión a los indios Ranqueles

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Era el hijo que había defendido a la madre la noche antes.

—Tiene muy buena cara —le dije.

—Pero no es bueno, ya me ha querido matar —repuso, mirando al hijo con una mezcla de complacencia y admiración.

El indiecito entendía lo que su padre hablaba; pero no le prestaba atención.

Se desperezó, bostezó, se levantó, habló en la lengua y salió quebrándose como lo hacen sólo nuestros gauchos.

Mariano le siguió con la vista hasta la puerta del toldo, y volvió a repetir:

—¡Toro, hermano!

—¿Cuántos años tiene?

—Debe tener… —me hizo la seña de doce con las manos.

—Es muy chico todavía.

—Pero es gaucho ya.

Trajeron el almuerzo; era lo de siempre: puchero con choclos y zapallo, carne asada, de vaca y de yegua.

—Bueno, hermano —le dije—, yo pienso irme pronto para mandarle cuanto antes las raciones.

—Cuando quiera, hermano —me contestó—; yo no tengo ya sino un poquito que conversar con usted.

—Pienso irme dentro de dos días.

—Hablaremos mañana entonces.


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