Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Ojalá todas pudieran decir lo mismo, güeselencia.
Era una cordobesa.
Epumer les indicó a su mujer y a sus hijas que se sentaran, y mandó que sirvieran la comida.
Obedecieron.
Estaban vestidas con lo más nuevo y rico que tenÃan.
El pilquen era de paño encarnado bastante fino; los collares y cinturones, las pulseras de pies y manos, de cuentas, los grandes aros en forma triangular y el alfiler de pecho, redondo, de plata maciza labrada.
La manta era, contra la costumbre, de pañuelo escocés de lana.
Se habÃan pintado los labios y las uñas de las manos con carmÃn, se habÃan puesto muchos lunarcitos negros en las mejillas y sombreado los párpados inferiores y las pestañas.
Estaban muy bonitas.
La mujer de Epumer, sobre todo, me recordaba cierta dama elegantÃsima de Buenos Aires, que no quiero nombrar. ¡Pero no faltarÃa más; compararla a ella, tan simpática y prestigiosa por la gracia y la belleza, por su carácter dulce, su talle flexible como el mimbre, su voz de soprano, que tan bien interpreta los acentos delicados de Campagna, con una china!