Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Se las leí; la lectura duraría un cuarto de hora.

Mientras leía le miré varias veces; tenía los ojos clavados en el suelo y la frente plegada.

Cuando acabé de leer, dije:

—¿Y qué dice ahora?

—Que ese hombre es un desagradecido. (Textual).

—¿Por qué, hermano?

—Porque habla mal de los cristianos que le han dado de comer. (Textual).

Hice una composición de lugar con la rapidez del relámpago, y dije:

—Tiene usted razón, hermano, que se quede entonces.

—Sí, —me contestó—, dos años más.

—El tiempo que usted quiera.

Tomó los papeles, los puso en orden, los colocó en su bolsita, cerró el cajón y me dijo:

—Mañana bautizaremos a su ahijada.

—Está bien —le contesté y salí, dándole las buenas tardes.

Macías estaba a la puerta del rancho.

Parecía un espectro.

Nada habla oído. Pero su corazón sabía lo que había pasado.

El corazón de los que sufren suele ser profético; anticipándose al dolor, lo prolonga.


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