Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El mal de este mundo no consiste en profesar una mala religión, sino en no profesar ninguna.
¡Ah!, y si la religión que se profesa es consoladora por su moral, si como una fuente inagotable de poesÃa, ella nos ofrece un refugio en las tribulaciones y una tabla de salvación en las últimas congojas de la vida, ¡qué bien inmenso no es creer, adorar y confiar en Dios!
Con razón aquellas gentes estaban de fiesta y consideraban dichosos a sus hijos de que recibieran el bautismo.
Cualquier ceremonia que hubiese sido como la consagración de un culto, habrÃa sido lo mismo.
Bautizar treinta o más criaturas una después de otra, era obra de todo el dÃa. El ritual permitÃa, lo que yo ignoraba, administrar el sacramento en masa.
Respiré.
Mi ahijada no comparecÃa.
Mandé decir a mi compadre que la esperábamos, y un instante después la pusieron en mis brazos.
Era una chiquilla como de ocho años, hija de cristiana, trigueñita, ñatita, de grandes y negros ojos, simpática, aunque un tanto huraña. Lloró como una Magdalena un largo rato, haciendo llorar a otras criaturas, cuyas lágrimas se habÃan aplacado y obligándonos a diferir el momento de empezar.