Una excursión a los indios Ranqueles

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Calmóse por fin y la sagrada ceremonia empezó. Resonaban los latines y los Padres Nuestros; mi ahijada permanecía en mis brazos, ora inquieta, ora tranquila. Me miraba, huía de mis ojos, se sonreía, hacía fuerzas, cedía, a mí me dominaba sólo una idea.

La chiquilla había sido vestida con su mejor ropa, con la más lujosa, era un vestido de brocado encarnado bien cortado, con adornos de oro y encajes, que parecían bastante finos. A falta de zapatos, le habían puesto unas botitas de potro, de cuero de gato. La civilización y la barbarie se estaban dando la mano.

¿Qué vestido es ése?, ¿de dónde venía?, ¿quién lo había hecho?, era todo mi pensamiento.

Quería atender a lo que el sacerdote hacía y decía. ¡En vano!

El vestido y las botas me absorbían. Examinaba el primero con minucioso cuidado. Estaba perfectamente bien hecho y cortado.

Las mangas eran a la María Estuardo. Aquello no era obra de modista de Tierra Adentro. Tampoco podía ser regalo de cristianos, ni tomado en el saqueo de una tropa de carretas, estancia, diligencia o villa fronteriza. Entre nosotros ninguna niña se viste así.

Mi curiosidad era sólo comparable a la incongruencia del traje y de las botas de potro.

Era una curiosidad rara.


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