Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles A veces me venÃa como un rayo de luz y me decÃa: Ya caigo, ese vestido viene de tal parte. No, no podÃa ser eso, era una extravagancia.
Cuando me tocaba contestar amén, otro tenÃa que hacerlo por mÃ. DistraÃdo, no veÃa sino el vestido, no pensaba sino en el contraste que formaban con él las botas.
A mi lado estaba un cristiano, agregado al toldo de Mariano Rosas, cuya cara de forajido daba miedo.
Era uno de esos tipos repelentes, cuya simple vista estremece. Jamás me habÃa dirigido la palabra, ni yo se la habÃa dirigido a él.
La curiosidad pudo más que la repugnancia que me inspiraba, y le pregunté con disimulo:
—¿De dónde ha sacado mi compadre este vestido?
—¡Oh! —me dijo, con voz ronca y tonada cordobesa—, ése es el vestido de la Virgen de la Villa de la Paz.
—¿De la Virgen? —le pregunté, haciéndome la ilusión de que habÃa oÃdo mal, aunque el hombre pronunció la frase netamente.
—SÃ, pues —repuso—; cuando la invasión que hicimos lo trajimos y lo dimos al General.
Y esto diciendo, sostuvo a mi ahijada, que casi se me escapó de los brazos.