Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Comadre, ¿usted por aquí y a esta hora? —le dije.
—Compadre, he sabido que se va mañana —me contestó.
La hice que se sentara.
Su rostro tenía una expresión tierna; su seno palpitaba con violencia, agitando levemente los pliegues de su camisa, más ajustada al cuello que de costumbre, y su mirada traicionaba una inquietud mal disimulada.
—¿Usted tiene algo, comadre? —le dije.
—No, compadre —me contestó, clavando la vista en el moribundo fogón y comprimiendo un suspiro.
Si yo no me hubiese hallado en ese periodo de la vida en que el poeta exclamaba:
My days are in the yellow leaf,
The flowers and fruits of love are gone.
¡Quién sabe qué hubiera pensado!
El viento había calmado, el cielo estaba cubierto de nubes, las estrellas brillaban tímidamente, como luces lejanas al través de opacas cortinas, el fogón eran tibias cenizas, mi visita, y yo nos veíamos como dos sombras envueltas en sutil crespón.