Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El silencio de la noche, interrumpido apenas por la respiración acompasada de los que dormÃan cerca de allÃ; la soledad poética del lugar; los pensamientos, que como visiones de una edad más bella cruzaron como ráfagas de fuego por mi imaginación, le dieron momentáneamente al cuadro un tinte novelesco.
Desperté a Calixto, se levantó, le ordené que avivara el fuego y cebara mate.
Removió las cenizas, descubrió algunas brasas, sopló haciendo con las manos una especie de fuelle y un momento después el fogón flameaba.
Durante un rato, mi comadre y yo permanecimos mudos, oyendo hervir el agua y crujir la leña.
El fuego ejerce una influencia magnética, irresistible, sobre los sentidos, y he observado que al calor de las llamas resplandecientes el corazón se dilata, que las ideas germinan placenteras y el alma se eleva hacia la cumbre de lo grande y de lo bello, en alas de ráfagas generosas y sublimes.
Por eso el crimen es hijo de las tinieblas y se ceba en la obscuridad.
Calixto me pasó un mate; lo tomé, y dándoselo a mi comadre, la dije:
—¿Por qué se ha quedado tan callada?
Suspiró por toda contestación.