Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Llegaron, se apearon unos, y otros se quedaron a caballo.
Epumer los encabezaba: venÃan de un toldo vecino, donde habÃan estado de mamaran.
TraÃa en la mano una limeta de bebida y venÃa bastante caldeado.
Sin apearse, me dijo:
—YapaÃ, hermano!
—YapaÃ, hermano —le contesté.
Bebimos alternativamente, y tras el primer yapaÃ, vinieron otros y otros.
Afortunadamente, el aguardiente estaba muy aguado y no traÃa cuerno, ni vaso, lo que me permitÃa mojar sólo los labios, pues tenÃamos que tomar con la botella.
Viendo que se ponÃan muy fastidiosos, que me amenazaban con un largo solo, le dije a Calixto:
—Che, mira que hace frÃo, alcánzame el poncho.
No tenÃa más que el que esa mañana me habÃa regalado Mariano Rosas; quise ver qué impresión hacÃa verme con él.
—Me trajo Calixto el poncho y me lo puse.
Como lo habÃa calculado, surtió un efecto completo mi ardid.
—¡Ese coronel Mansilla toro! —exclamaron algunos.
—¡Ese coronel Mansilla gaucho! —otros.