Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Y esto diciendo, miró en derredor, como buscando si alguien habÃa escuchado su indiscreta confesión.
Su voz tenÃa algo de significativo y de misterioso.
Me parecÃa que querÃa decirme algo más y que estaba temerosa de que algún espÃa nocturno la oyera.
Me levanté, di una vuelta, me aseguré de que estábamos solos y me senté más cerca de ella, diciéndole:
—No hay nadie.
—Compadre —me dijo—; no se vaya sin pasar por mi toldo que queda en Carrilobo, cerca del de Villarreal; allà lo espero; estará mi hermana, es mujer de confianza y lo quiere, tengo algo que decirle, que le interesa mucho saber; esta noche lo voy a acabar de averiguar, por eso he venido; nadie me ha visto todavÃa…
En ese momento se sintió un tropel y se oyeron como voces de indios achumados.
Se levantó de golpe, y diciéndome:
—No quiero que me vean aquà —se deslizó por entre las sombras de la noche.
La seguà un instante con la vista, hasta que se perdió en la oscuridad, y me quedé perplejo y lleno de inquietud, de una inquietud inexplicable, oyendo al mismo tiempo retemblar el suelo y acercarse el vocerÃo de la chusma ebria.
La luz de mi fogón los atrajo.