Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad y le hice prevenir a Camilo Arias que las tuviera prontas para cuando cayera el sol.
En seguida le hice preguntar a Mariano Rosas con el capitán Rivadavia si estaba en disposición de que acabáramos de conversar.
Me contestó que sí.
Entré en su toldo; se acababa de bañar, tomaba mate y una china le desenredaba los cabellos.
—Hermano —me dijo al entrar, sin moverse— siéntese y dispense.
—No hay de qué —repuse, sentándome.
—¿Y cómo ha pasado la noche? —me preguntó.
—Muy bien —le contesté.
—¿Y, siempre se va hoy?
—Si usted no dispone otra cosa.
—Usted es libre, hermano.
Bueno; quiero que me diga, ¿qué se le ofrece?
—Hermano, deseo que no me apure por los cautivos que debo entregar.
—Entréguemelos según pueda.
—Ya faltan pocos.
—¿Cómo pocos?
—Sí, pues.
No lo entiendo.