Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Eso es —le contesté.
Y para mis adentros dije: Era lo único que me faltaba, que este bárbaro me hiciera instrumento suyo. No me contestó.
—¿Y, no tiene otra cosa que decirme? —le pregunté.
—SÃ, pero lo dejaremos para más tarde —me contestó.
—¿Tendremos tiempo?
—SÃ, hemos de tener.
Me quedé callado a mi vez.
En los tres fogones del toldo cocinaban.
—Vamos a almorzar —me dijo, y pidió en su lengua que nos sirvieran.
No le contesté.
Trajeron platos y cubiertos y pusieron una olla de puchero de vaca entre él y yo.
Me sirvió un platazo.
Comà y callé.
HacÃa largo rato que comÃamos sin mirarnos ni hablarnos, cuando se presentó un indio, que le habló en araucano con suma vivacidad, y a quien le contestó de igual manera.
Nada entendÃ; sólo percibà varias veces las palabras: indio Blanco.
Me dio curiosidad.
Pero me dominé; nada pregunté.