Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Volvió el que había ido con el mensaje para el indio Blanco, habló unas pocas palabras y se marchó.
—Dice el indio Blanco que se va para el Toay —me dijo.
—¿Para el Toay?
—Sí, y dice que va a buscar ovejas a la provincia de Buenos Aires, porque están a muy buen precio en Chile.
—¡Pícaro! —exclamé.
—¡Es muy Pícaro! —exclamó él.
Seguimos callados.
Al rato me dijo:
—¿A qué hora es la marcha?
—A las cuatro —le contesté.
Seguimos callados.
Por fin me dijo:
—¿Y dígame, hermano, usted qué me encarga?
—¿Qué le encargo?
—¡Sí!
—Que se acuerde en todo tiempo de su compadre.
Y esto diciendo me levanté y salí del toldo.
Ordené que todo el mundo se aprestara a marchar, y me fui a decirles adiós a algunos conocidos que moraban en toldos vecinos.
A la hora estuve de vuelta; mi gente estaba pronta, no faltaba sino que arrimaran las tropillas y ensillar.