Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles HacÃa un dÃa hermosÃsimo; Ãbamos a tener una tarde deliciosa.
Muchos se preparaban para acompañarme.
El desgraciado MacÃas veÃa los preparativos recostado en un horcón de mi rancho y su tétrica fisonomÃa revelaba el sufrimiento de la desesperación.
Me acerqué a él y le dije:
—¡Tenga confianza en Dios!
—¡En Dios! —murmuró.
—¡SÃ, en Dios! —le repetÃ, lanzándole una mirada, en la que debió leer este pensamiento: El que desespera de Dios no merece la libertad, y entré en el rancho de Ayala.
Me habÃa ofrecido entregarme un niño cautivo que tenÃa. Era un hijo del comandante Araya, vecino de la Cruz Alta. El pobrecito lo sabÃa, veÃa que yo marchaba por momentos, que nada le decÃa de prepararse, y sentado en el fogón de mis soldados lloraba desconsolado. PartÃa el corazón verle.
Ayala me dijo, que no tenÃa inconveniente en cumplirme su promesa; pero que tenÃa que avisárselo a Mariano Rosas.
—Y qué, ¿no está prevenido desde el otro dÃa? —le pregunté.
—SÃ, sà está.
—¿Y entonces?
—Puede haber cambiado de opinión.