Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me dio un acceso de cólera; vociferé cuanto se me vino a la boca, apostrofándolo a Mariano e insultándolo, hasta que cediendo a los ruegos de Ayala, que parecÃa muy contrariado, me calmé un poco.
Para hacerme callar del todo, me dijo en voz baja:
—No me comprometa, mire que estamos rodeados de espÃas.
Y esto diciendo me señaló unos indios rotosos y mugrientos en quienes nadie reparaba, que estaban por allà acurrucados y echados de barriga, en el suelo, como animales.
Con el alma dolorida e irritado de mi impotencia, entré en mi rancho, llamé al hijito de Arana, y con paternal estudio le preparé a recibir el terrible desengaño.
¡Qué contento estaba!
¡Qué mustio y lloroso quedó!
¡Qué fugaces son las horas de la felicidad!
Le abracé, le acaricié, le rogué por sus padres que tuviera valor; le ofrecà rescatarlo pronto, ofrecimiento que cumplÃ, y hasta que no le vi resignado a su suerte, no me separé de él.
Al salir de mi rancho, MacÃas me dijo:
—¿Qué te parece?
—¡Dios es grande! —le contesté.
Suspiró, y exclamó como dudando de la omnipotencia divina: