Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Astucia y resolución de Camilo Arias. Última tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Ya he dicho que Camilo Arias conocía la lengua de los indios y que éstos lo ignoraban. Algo había oído, cuando espiaba la ocasión de hacerme una seña. Mis órdenes no habían variado; conmigo no tenía que hablar sino en casos urgentes y graves.

¿Qué habrá?, me dije, al entrar en el toldo de Mariano Rosas; me detuve, y diciéndole a éste:

—Ahora vuelvo —y haciendo como que buscaba en mis bolsillos un objeto extraviado—, di media vuelta, salí y me dirigí a mi rancho.

El astuto vigilante Camilo agachó la cabeza, fijó la vista en tierra, caminó distraído y sin rumbo, al parecer, y por medio de una maniobra casual para quien no hubiera estado en autos, al mismo tiempo que yo entraba en mi rancho, él se recostaba en sus pajizas paredes y por uno de sus resquicios me decía:

—Hay novedad, señor.

—Entra —le contesté, llamando a varios oficiales y asistentes para que no se notara su entrada.


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