Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Que se lo lleve —contestó Ayala.
—Bueno, hermano —dijo Mariano Rosas, y se puso de pie, me estrechó la mano y me abrazó reiterando sus seguridades de amistad.
Salí del toldo.
Mi gente estaba pronta, Macías perplejo, fluctuando entre la esperanza y la desesperación.
—¡Ensillen! —grité.
—Y… —me preguntó Macías, brillando sus ojos con esa expresión lánguida que destellan, cuando el convencimiento le dice al prisionero: ¡Todo es en vano! Y el instinto de la libertad: ¡Todavía puede ser, valor!
Me acordé del salmo de Fray Luis de León, Confitemini Domino y le contesté:
Cantemos juntamente,
cuán bueno es Dios con todos, cuán clemente.
Canten dos libertados,
los que libró el Señor del poderío
del áspero enemigo.
—¿De veras? —me preguntó enternecido.
—De veras —le contesté, y diciéndole en voz baja disimula tu alegría—, le grité a Camilo Arias:
—¡Un caballo para el doctor Macías!
Entré al rancho de Ayala, me despedí de Hilarión Nicolai y de algunas infelices cautivas, y un momento después estaba a caballo.