Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Sucesivamente se me incorporaron los que se habÃan quedado atrás. Viendo que faltaba MacÃas, pregunté por él. Ahà viene, me contestaron. Efectivamente, a poca distancia se veÃa el polvo de un jinete. Llegó éste. Yo conversaba con Manuel López mirando en otra dirección. Al sentir sujetar un caballo, di vuelta, y creyendo ver a MacÃas, vi… ¡Horrible visión! ¡horrible most horrible! al negro del acordeón. Quiso hacer sonar su abominable instrumento; se lo impedÃ.
¿Qué venÃa a hacer?
Después lo sabremos.
Esperé a MacÃas un rato.
No apareció.
—Lo han de haber hecho quedar —me dijo el capitán Rivadavia—; yo por eso le dije, cuando usted se puso en marcha, viéndolo que perdÃa el tiempo en despedidas: Siga, amigo, con el Coronel.
Estábamos en un bajo hondo; mandé dos hombres al galope a ver si divisaban algunos polvos.
Partieron, y cuando ya iba a obscurecer, volvieron diciéndome que nada se veÃa.
No era posible esperar más.
Hice algunas prevenciones sobre el orden de la marcha por el monte, porque la noche estaba muy oscura, y partimos.
¡Qué poco habÃa durado la felicidad de MacÃas!