Una excursión a los indios Ranqueles

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Me acerqué a él, y dándole la mano, le dije por última vez:

—¡Adiós, hermano!

Me puse en marcha. El camino por donde había caído a Leubucó venía del Norte. Para pasar por las tolderías de Carrilobo y visitar a Ramón, tenía que tomar otro rumbo. Mariano Rosas no me ofreció baqueano. Partí, pues, solo, confiado en el olfato de perro perdiguero de Camilo Arias. Sólo me acompañaba el capitán Rivadavia, que regresaría de la Verde para permanecer en Tierra Adentro hasta que llegasen las primeras raciones estipuladas en el Tratado de Paz.

¿Qué había determinado la mudanza de Mariano Rosas después de tantas protestas de amistad? Lo ignoro aún.

Galopábamos por un campo arenoso; yo iba adelante, Camilo Arias a mi lado, mi gente desparramada.

Era la tarde, el sol declinaba, en lontananza divisábamos un monte, cruzábamos una sucesión de médanos; tendía de vez en cuando la vista atrás, Leubucó se alejaba poco a poco; me parecía un sueño.

Llegamos, una aguadita, donde Camargo tenía su puesto. Hallé allí un compadre, el indio Manuel López, educado en Córdoba, que sabe leer y escribir. Eché pie a tierra para esperar que llegara toda mi gente y marchar unidos; íbamos a entrar en el monte y la noche se acercaba.


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