Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El camino daba interminables vueltas, buscando el terreno menos guadaloso y evitando los lugares más tupidos.
—Es una voz de hombre —me dijo Camilo.
—¿Se habrá perdido alguien?
—SilbarÃa, señor.
—¿Y entonces? ¿Será algún indio?
—Puede ser que se haya encontrado con algún tigre. ¡Les tienen tanto miedo!
El viento iba amainando; gruesas gotas de agua caÃan ya.
—Va a llover, señor —me dijo Camilo.
—Hagamos alto aquÃ.
Estábamos en un pequeño descampado.
Cesó el viento del todo, chocáronse dos nubes que seguÃan opuestas direcciones y simultáneamente se desplomó la lluvia, apagando las antorchas.
—¡Pronto! ¡Pronto!, que maneen las madrinas; todo el mundo de ronda —grité.
El agua caÃa a torrentes, nos veÃamos unos a otros al fulgor de los relámpagos, las tropillas estaban quietas, no faltaba nadie.
El eco misterioso se oÃa de vez en cuando, ora se acercaba, ora se alejaba.
Al fin pudieron percibirlo todos.
—No es voz de indio —dijo Camilo.
—¿Y qué es? —le pregunté.