Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Su oÃdo era como su vista, jamás le engañaba. No me contestó, permaneció atento. Resonó el eco, ahogándolo un trueno.
—¿Qué es? —le pregunté.
—Déjeme, señor un poco —me dijo.
No se oÃa nada.
En medio de la luz del rayo, del trueno bramador y del ruido monótono del agua, estábamos envueltos en un profundo silencio.
Volvióse a oÃr el eco.
—Gritan —dijo Camilo.
—¿Qué cosa?
—Gritan no más, —señor.
—¿Pero que gritan?
—Gritan ¡eeeeeh!
—¿Será alguno que va arriando animales?
—No me parece, señor.
—¡Escucha! ¡Escucha!
El agua disminuÃa y el viento soplaba con fuerza de nuevo. El cielo se despejaba, las nubes se rarificaban, el rayo y el trueno se alejaban, refrescaba, y un aire más puro y balsámico, dilatando los pulmones, anunciaba la bonanza.
Cesó la lluvia, se serenó el cielo, brillaron las estrellas, la luna asomó su rostro bello y el eco del que gritaba se oyó perceptiblemente.
—Es un cristiano —dijo Camilo.