Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Contéstenle.
—¡Aaaaah! —hicieron varios a un tiempo.
—Yo… —pareció oÃrse otra vez.
No habÃa duda, era un cristiano extraviado en el bosque, quién sabe desde cuándo, que oÃa el cencerro de las madrinas y desesperado pedÃa ayuda.
—¿Quién es? —gritaron, unos.
—Por acá —otros.
Y en eso estábamos, sin poder percibir más que el eco de las últimas sÃlabas de lo que nos contestaban.
—Ha de ser algún cautivo que se ha escapado y como oye cencerro, calcula que somos nosotros —dijo el capitán Rivadavia.
—Es verdad que ellos no usan cencerro —le contesté, pareciéndome justÃsima su conjetura.
Los gritos misteriosos no resonaban ya.
Mandé silbar; lo hicieron varios a una.
No contestaron.
Estábamos con el oÃdo atento, cuando los resplandores de una llamarada brillaron de improviso, iluminando el cuadro que formábamos alrededor de un espinillo formidable y coposo.
El ingenioso Camilo, a fuerza de sebo y paja, de soplar y soplar, habÃa conseguido hacer fuego en la horquilla que formaba la extremidad del tronco de un carcomido chañar, medio carbonizado.