Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La luz debÃa verse de bastante lejos a pesar de los árboles.
Varios a un tiempo gritaron:
—¡Aaaaah!
Una voz contestó algo que no se pudo comprender bien. Continuamos telegrafiando de esa manera; el improvisado fanal ardÃa y los ecos de mi gente se perdÃan por la selva.
De repente se oyó una voz que a varios nos pareció conocida.
—Es el doctor MacÃas —dijo Camilo.
Efectivamente era su voz, u otra tan parecida a la suya, que se confundÃan.
—¡Pronto! ¡Pronto! Salgan unos cuantos y hagan señas —ordené, previniendo no perdieran de vista el fuego.
La voz seguÃa oyéndose.
—Es el doctor, señor —volvió a afirmar Camilo, añadiendo—: y viene con el caballo muy pesado.
—¿Y en qué conoces, hombre?
—Si se oyen ya hasta los rebencazos que le da; oiga, señor, oiga.
Mi oÃdo no era de tÃsico como el suyo.
—¡MacÃas! ¡MacÃas! —grité.
—¡Lucio! ¡Lucio! —me contestaron.
Era él.