Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —¡Por acá! ¡Por acá! —gritaban los hombres que acababa de destacar.
MacÃas se presentó, como nosotros, hecho una sopa.
—¿Y qué es esto? —le pregunté.
—Me quedé atrás por despedirme de algunos conocidos; cuando salà de Leubucó, ustedes iban como a una legua, se divisaba muy bien el polvo, y no quise apurar mi caballo; subÃa yo al último médano, y ustedes llegaban a la orilla del monte; calculé mal el tiempo, oscureció y me perdÃ.
—¿Y de qué conocidos tenÃas que despedirte?
—De algunos indios que más de una vez me dieron de comer.
—¿Y de Mariano Rosas también te despediste?
—Por supuesto, no me ha tratado tan mal.
El esclavo no conoce su condición sino cuando respira la atmósfera de la libertad, pensé y me dispuse a seguir la marcha.
En Carrilobo me esperaban con una cena en el toldo de Villarreal.
—Señor —me dijo Camilo— el caballo del doctor está pesadón.
—Que lo muden.
Un instante después caminábamos.